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1 de febrero de 2012

Mientras baila, mi pequeña se hace grande

La miro a escondidas. Me asomo despacito desde el borde de la puerta entornada para observar sus movimientos acompasados y serenos al ritmo de la música sefardí que estos días escuchamos en casa. Gira y alarga sus manos con gracia, el gesto sentido y las piernas firmes, mientras se deja llevar por la melodía del medievo. Me ve y sonríe.
- Mamá, vamos a bailar. –Le devuelvo la sonrisa con un guiño.
- Ahora no, cariño. Lo haces muy bien solita. ¿Puedo aprender de ti? ¿Me enseñas?
- Vale, mamá. Apunta mi gesto – y retoma con armonía sus últimos pasos-. 

Asiento emocionada. Y apunto su gesto. Me guardo su carita infantil que, últimamente, se transforma en la de una señorita. Anoto cada movimiento para archivar su mirada ingenua y sus mofletes sonrosados…

Mi pequeña se hace grande, mientras baila. Inventa su danza con armonía y juega con el compás para defenderse en la sonata… Y pienso en que así será cuando emprenda el otro baile, el que le imponga la vida cuando salga ahí fuera, lejos de papá y mamá.

Suenan las últimas notas de la canción.

- ¿Bailamos juntas, mamá? ¿Repites mis gestos?

Compruebo que mis anotaciones han quedado a buen recaudo y le tomo la mano. La melodía vuelve a sonar... y giramos y reímos por las poses que inventamos al son de la música.



Mi pequeña y yo bailábamos con este tema anónimo judeo-cristiano, "El rey de Francia". Espero que os guste.

23 de febrero de 2011

Mi abuela Xusta, cantigas en el recuerdo

Me cuenta mi madre que a la abuela Xusta le encantaba iniciar cantigas cuando se sachaba o arrendaba el millo. Y que el ambiente, muchas veces, tenía un aire de fiesta porque algún vecino se picaba y comenzaba una “pelea” de coplas entre finca y finca.

Mi abuela Xusta. ¡Qué gran mujer! Siempre junto al abuelo. En el campo y en casa. Atendiendo las tareas agrícolas y ganaderas sin dejar de lado los quehaceres del hogar. Un claro ejemplo de campesina gallega. Al pie del cañón, atendiendo a la familia, tejiendo su ropa y acompañando al esposo no agro, los niños bajo las parras o, si eran mayorcitos, ayudando en el cuidado de los animales.

Una carga descomunal que en el caso de mi abuela Xusta (y seguro que en el de muchas bravas mujeres) sólo ha pasado factura en los últimos años. Aún no hace mucho, se encargaba da horta o de acudir a soltar el agua de la poza para O Piñeiro, Xeljouro o Baliños, cuando a partir del 24 de junio comenzaban los cupos de riego en Taboexa. 

Lamentablemente aquello pasó y ahora sólo sonríe cuando charlamos un ratito con ella u observando a su bisnieta Sara, que ha sido el punto de inflexión que la ha vuelto a sujetar a la vida.

Abuela, ¡me cuesta tanto ver como te vas apagando lentamente!

Mi hermana y yo junto a la abuela Xusta
Por eso prefiero quedarme con las vivencias que hemos disfrutado juntas. Y te recuerdo declamando aquellos versos y cantigas de los que habla mamá. Por suerte, tu memoria portentosa nos permitió disfrutar de estos poemas, canciones y chanzas cuando atardecía en casa durante el verano. Y me aferro a tus muestras de cariño, a tu mano prendida a la mía cuando íbamos al mercado, mientras tratabas de aprovechar el poco tiempo que pasábamos contigo mi hermana y yo. Y sonrío rememorando las riñas que teníamos mientras escondías algún billete en mi bolsillo, antes de que regresásemos a Madrid. “Para que te compres algo que te recuerde a la abuela”, decías.

Y mi hermana y yo te hacíamos caso. Aún conservo medallitas y amuletos que me han acompañado a todos los exámenes que he hecho en mi vida. Un par de brujitas, de esas que coleccionaba cuando era una adolescente. Y una chaqueta que me encanta, aunque pasó de moda hace años…

Pese a que la ingrata y cruel enfermedad está cebándose con tu vitalidad, tu nervio y tu sonrisa, en mi mente sigo escuchando tus viejos romances, abuela, y siempre que oigo cantigas antiguas regreso a mi infancia para  tomarte la mano y dejarme mecer por tu voz. 

Te quiero, abuela.  

22 de febrero de 2011

Cantares labriegos

No ha despuntado el día y los labriegos de antaño marchan ya al campo. Con suerte, una cesta con queso, pernil y pan de millo será el almuerzo cuando el sol alcance el cénit.  Todo regado con viño da casa o quizá, agua y limón.

Acompañado por su esposa e hijos, el campesino se despereza camino de la faena. Se agacha, agarra el lujón tomando un puñado de tierra, mira al cielo y empieza su labor. Al tiempo, comienza el canto, acompasado,  y el agotamiento parece más llevadero con los versos que alientan el trabajo.
"Algún día por verte
daba cien vueltas
y ahora para no verte
doy cuatrocientas."
En Taboexa, como en otras aldeas gallegas, crear folclore y sacar la faena era todo uno cuando mis abuelos rezumaban juventud. De aquellos tiempos los mayores recuerdan la dureza del arado pero también la alegría que en ocasiones se vivía durante los trabajos, cuando se sachaba o se arrendaba el millo. Si la lluvia no aparece y el cansancio lo permite, siguen las coplas.
"Ollos verdes son traidores,
azules son mentireiros,
os negros e acastañados
son firmes e verdadeiros."
Y continúa el labriego su labor mientras cae la tarde. De regreso a casa, aún quedan fuerzas para cuidar del ganado y para atender a la familia antes de descansar. Tareas en las que quizá se acompañe por alguna canción o coplilla.



La música, ¡qué gran compañera de fatigas! 

Por eso, cuando algo me va mal, tarareo cualquier musiquilla… y recuerdo que así se entretenían mis antepasados, no hace tanto tiempo.  Aprovecho estas líneas para manifestar mi agradecimiento a todos aquellos que se han encargado de recoger y conservar el rico y extenso patrimonio folclórico de Galicia, sus canciones, sus romances y sus danzas populares.

Os dejo una pequeña muestra en el video adjunto. Confío en que os guste.

9 de febrero de 2011

Narcisa, bordando amor durante años

Acaba de cumplir 90 años y sigue estando estupenda. Con sus achaques, sus dolores y sus penas, pero con la memoria lúcida y los recuerdos vivos.

Mi abuela Narcisa nació con el arranque de 1921. Una década dura para la Galicia rural, donde la falta de expectativas abocaba a la emigración en el mejor de los casos. Dificultades que se tornaron abismos cuando, recién estrenada su adolescencia, la Guerra Civil golpeó a nuestro país.

De aquellos tiempos, poco habla mi abuela. No le gusta emponzoñarse con los malos tragos que pasó en la vida. Reconoce, eso sí, que sufrió penalidades, muchas. No había qué comer. La única forma de llevar algo a la mesa se encontraba en el sacrificio diario: labrar la tierra, cuidar el gando, intercambiar alimentos -si los había- y coser para los vecinos tratando de conseguir algunas monedas.

Mi abuela Narcisa
¡Qué manos las de mi abuela! Estupenda modista. Verla tomar la aguja se convierte en todo un ritual...Y cuando lo hace no puede evitar echar la vista atrás y contar las horas que pasó junto al candil bordando y cosiendo cuando era una niña junto a su hermana Filomena. Punto de cadeneta, punto de tallo, vainica... cosía de noche tras trabajar en el campo, porque su padre (mi bisabuelo) quiso darles un oficio para ganarse el sustento. De sus manos salió la ropa de muchos vecinos del pueblo e incluso, cuenta mi abuela, se encargaron de elaborar los vestidos y el bordado de los danzantes que en aquel tiempo rendían homenaje a la Virgen de la Franqueira. 

La costura ha estado siempre en su vida... comprando hilos mi abuelo comenzó a cortejarla, así que imaginaos cuanto debe agradecer a su pasión por la labor. Es maestra en este arte. Apenas hace unos años, la he visto confeccionar un disfraz para mi hija en apenas unas horas. Medir, cortar, coser...con maña y tiento. Daba gusto verla. Aún guardo el trajecito. También conservo, como oro en paño, un juego de sábanas que me bordó para el día de mi boda...

Abuela, ¡cuánto por aprender de tu experiencia! Incansable trabajadora dentro y fuera del hogar. Sacaste adelante a cinco hijos, mientras cuidabas de los mayores de la casa. Salías al campo recién amanecía y con la puesta del sol retomabas tu costura para vestir a los tuyos y a los que se terciaba.

Ahora, a tus 90 primaveras, sigues bordando pero cariño y afecto por los tuyos. Con arte, con mimo, con amor. Para mi siempre has sido un ejemplo de tesón y constancia. Orgullo de nieta, ya ves. Sé que esto no lo vas a leer nunca, no te imagino navegando en internet, la verdad. Pero aquí lo dejo, abuela, para que sepas que siempre me he sentido feliz  por venir de donde vengo.

26 de enero de 2011

Pepe do Barreiro, mi abuelo

Abuelo, hace ya mucho tiempo que te marchaste para siempre aunque, en realidad,  te habías ido mucho antes, cuando se nubló tu entendimiento y apenas eras una sombra del hombre al que aprendí a escuchar y respetar durante los veranos de mi infancia.

Mi abuelo, Pepe do Barreiro
De aquellos días recuerdo tu media sonrisa, tu sentido del humor y el tesón propio de los hombres de campo, trabajadores incansables. Por eso quiero rendirte este pequeño homenaje, para dejar constancia de mi agradecimiento por lo mucho que aprendí a tu lado y al de la abuela. 

Mis primeras imágenes de Taboexa las ubico alrededor de mis cinco años. Yo apenas entendía el gallego y tú te empeñabas en soltarme parrafadas, bien largas, de las que apenas comprendía la mitad. ¡Qué tiempos! Mi madre siempre cuenta que aquel verano estuviste un buen rato pidiéndome que te llevase unha zarapalleira y que yo daba vueltas por la cocina sin saber qué traerte, mientras que a mi lado había una pila de trapos... Ay... Supongo que entre aquellos discursos y el resto del ambiente, se me quedó la lengua que ahora comprendo sin problemas y hablo a trastabillas.

Era yo una cría cuando te ponías al frente de los mayores de la casa para salir a regar de madrugada, lloviese o no, con un foco para alumbrar el camino y las veigas...Y después, durante la mañana, te encargabas de xunguir os bois para ir con el carro a limpiar el monte de toxo, piñas y madera; o te encaminabas a las fincas a recoger el millo que previamente habíais segado; o comenzabas a cortar la leña para alimentar la cocina. Pocas veces estabas sentado ocioso. Siempre tenías algo entre las manos: afiabas a fouzaña, debullías o millo, mientras liabas con una sola mano el tabaco de tu eterno pitillo, que posteriormente se transformó en los cigarrillos "celtas" cuyo olor invadía toda a eira.

Ahora, cuando cierro los ojos, la memoria me devuelve imágenes de ti algo borrosas...como si el tiempo se empeñase en desdibujar tu figura. Sin embargo, conservo perfectamente almacenados pequeños retazos de tus charlas, a media tarde, mientras se escondía el sol. Y también se asoman a mis recuerdos tu planta de hombre apuesto, esbelto y gallardo, y tus brazos fibrosos, tatuados durante la guerra civil que se llevó por delante la  inocencia de toda una generación de jóvenes españoles. Pero lo que siempre tendré presente son las sensaciones que supiste transmitirme y el respeto por el campo. Impresiones que han marcado mi sensibilidad y mi amor por Taboexa.  

Pese al paso del tiempo, todavía me detengo a escuchar el  cántico del agua cayendo en el pilón de delante de casa, y cuando el cielo se torna anaranjado, momentos antes de la puesta de sol,  te recuerdo, abuelo, mirando hacia el infinito. Con tu chapeau bien calzado sobre la cabeza y el bastón, firme, entre las manos. Perdida tu vista en el coto de Santa Cristina mientras se ocultan los últimos rayos.

Dicen que sólo el olvido nos hace desaparecer definitivamente. La familia te sigue recordando, abuelo. Te llevamos en el corazón. 

13 de agosto de 2010

Gracias por sacar adelante la oposición

Todavía sigo sin asimilar la noticia. He aprobado y sacado plaza en la oposición. Una oposición que me ha costado horas de sueño, de encuentros con amigos, de festejos con familiares. Que se ha llevado parte de mi salud, de mi dinero, del disfrute de acompañar a mi hija en sus primeros años, que me ha desvelado madrugadas enteras.

Y he llorado. He llorado mucho por lo que he perdido, por el tiempo que he tenido que robar a los demás: a mis padres, a mi suegra, a mi marido, a mi hermana. De ellos es parte del éxito de este aprobado. Ellos han estado hasta el final arrimando el hombro siempre que hizo falta: "Necesito que te quedes con la niña, que la lleves al médico, que me hagas la compra..." Tantos favores sin pedir nada a cambio. Ni siquiera me miraron mal cuando dije que lo veía muy negro. Que el sueño de conseguir plaza se me había escapado entre los dedos en el primer examen, dejándome dentro pero pocas décimas por encima del corte.

He llorado de alegría. Porque ahora se me abre otro horizonte profesional, sin las aristas del desempleo en ciernes y con la ilusión de levantar una Administración para muchos anquilosada. Confío en desterrar  esa imagen del funcionario acomodado ya que pienso seguir con mi forma de trabajar. Doce años en la empresa privada, sacando la faena siempre a tiempo, te dan tablas para mover el molino aunque escasee el agua. Ahora, eso sí, teniendo muy claros mis derechos y exigiendo que se respeten sin miedo. No como antes.  

Jamás pensé que esto iba a ser tan duro. Compaginar familia, trabajo, estudio, academias y ocio se ha hecho verdaderamente difícil. Pero al final he obtenido mi recompensa, nuestra recompensa. 

Ahora, con la plaza en la mano, sólo puedo esbozar una sonrisa y una dedicatoria. Yo he sufrido, sí. Pero también mi familia ha  luchado en esta oposición.

Gracias por vuestra ayuda, sin vosotros no hubiera sido posible.