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1 de febrero de 2012

Mientras baila, mi pequeña se hace grande

La miro a escondidas. Me asomo despacito desde el borde de la puerta entornada para observar sus movimientos acompasados y serenos al ritmo de la música sefardí que estos días escuchamos en casa. Gira y alarga sus manos con gracia, el gesto sentido y las piernas firmes, mientras se deja llevar por la melodía del medievo. Me ve y sonríe.
- Mamá, vamos a bailar. –Le devuelvo la sonrisa con un guiño.
- Ahora no, cariño. Lo haces muy bien solita. ¿Puedo aprender de ti? ¿Me enseñas?
- Vale, mamá. Apunta mi gesto – y retoma con armonía sus últimos pasos-. 

Asiento emocionada. Y apunto su gesto. Me guardo su carita infantil que, últimamente, se transforma en la de una señorita. Anoto cada movimiento para archivar su mirada ingenua y sus mofletes sonrosados…

Mi pequeña se hace grande, mientras baila. Inventa su danza con armonía y juega con el compás para defenderse en la sonata… Y pienso en que así será cuando emprenda el otro baile, el que le imponga la vida cuando salga ahí fuera, lejos de papá y mamá.

Suenan las últimas notas de la canción.

- ¿Bailamos juntas, mamá? ¿Repites mis gestos?

Compruebo que mis anotaciones han quedado a buen recaudo y le tomo la mano. La melodía vuelve a sonar... y giramos y reímos por las poses que inventamos al son de la música.



Mi pequeña y yo bailábamos con este tema anónimo judeo-cristiano, "El rey de Francia". Espero que os guste.

25 de mayo de 2011

El limoeiro sigue creciendo, abuelo

Es curioso como el olor consigue despertar imágenes aletargadas en la memoria  provocando una mezcla homogénea de emoción y melancolía por el tiempo pasado. Recuerdos que se evocan con intensidad consiguiendo reproducir sensaciones vívidas y, casi siempre, emotivas.

Ningún sentido reproduce de forma tan espontánea emociones tan poderosas. Pensamientos que pueden llegar a doler cuando la ausencia es irremediable. Y hoy que mi casa huele a limón me resulta inevitable recordarte, abuelo.

Cuando me llega el aroma a este cítrico te imagino de golpe, casi sin querer. Es algo inmediato que me muestra una sucesión de episodios distintos de mi vida a tu lado. 

Mi abuelo Horacio
Esa mezcla fresca y ácida me arrastra hasta los 9 años recién cumplidos. Íbamos camino de Coruña en autocar. Viajabas a mi lado y para evitar que me marease me ofreciste medio limón. “Toma,  Susaniña, xa verás como pasa”…Y pasó.

Este aroma que anima el espíritu me evoca la frescura de las limonadas que tomábamos en verano, en los días que apretaba el sol, o me devuelve el alivio que sentía cuando ponías media rodaja en alguno de mis habituales moratones de niña. (Algo que sigo haciendo ya adulta, porque el equilibrio no va mucho conmigo y casi siempre ando tropezando con el consecuente golpe).

El limón, siempre presente si andabas cerca, abuelo. 

Estos días te anhelo mucho. Y no es sólo por el olor de este cítrico habitual en mi cocina, sino porque ya comienza a dar los primeros frutos de este año el limoeiro que plantaste en O Barreiro. 

Parece que aún escucho lo que nos dijiste cuando lo preparaste e injertaste, recién arreglada la casa. “Ahí, tendes, filliñas. Cando vexades o limoeiro lembrarvos do abuelo”. Y es verdad, abuelo, siempre que vamos a Taboexa, Noelia y yo nos acercamos a estar un ratito junto al limoeiro, como si ese árbol conservase algo de tu sabiduría.

Quizá son ilusiones nuestras, bueno, en este caso mías. Pero me resulta imposible desvincular el aroma a limón de ti y de nuestras largas conversaciones plagadas de dichos y refranes, de tus historias de lucha repletas de pinceladas de conocimiento, propio de quien lo ha vivido casi todo. Y casi puedo volver a sentir el tacto de tus manos rudas y asperas de hombre de campo y tu sonrisa franca enmarcada por el halo marino de tu mirada, cuando percibo este aroma...

Por eso, abuelo, ahora que el sol comienza a alimentar los primeros frutos del árbol que nos plantaste, te recuerdo especialmente. Porque sé que tú así lo quisiste y nos lo pediste antes de irte. Y estoy segura de que el limoeiro se yergue orgulloso por saberse protagonista de esta relación mágica que aún mantenemos contigo a través de su existencia. 

Tu mirada azul, tu gesto dulce, la cadencia de tu voz dándome consejos o relatando las historietas que me ensimismaban desde pequeña...el olor a limón. Te echo de menos abuelo y te recuerdo siempre, cada día.

23 de febrero de 2011

Mi abuela Xusta, cantigas en el recuerdo

Me cuenta mi madre que a la abuela Xusta le encantaba iniciar cantigas cuando se sachaba o arrendaba el millo. Y que el ambiente, muchas veces, tenía un aire de fiesta porque algún vecino se picaba y comenzaba una “pelea” de coplas entre finca y finca.

Mi abuela Xusta. ¡Qué gran mujer! Siempre junto al abuelo. En el campo y en casa. Atendiendo las tareas agrícolas y ganaderas sin dejar de lado los quehaceres del hogar. Un claro ejemplo de campesina gallega. Al pie del cañón, atendiendo a la familia, tejiendo su ropa y acompañando al esposo no agro, los niños bajo las parras o, si eran mayorcitos, ayudando en el cuidado de los animales.

Una carga descomunal que en el caso de mi abuela Xusta (y seguro que en el de muchas bravas mujeres) sólo ha pasado factura en los últimos años. Aún no hace mucho, se encargaba da horta o de acudir a soltar el agua de la poza para O Piñeiro, Xeljouro o Baliños, cuando a partir del 24 de junio comenzaban los cupos de riego en Taboexa. 

Lamentablemente aquello pasó y ahora sólo sonríe cuando charlamos un ratito con ella u observando a su bisnieta Sara, que ha sido el punto de inflexión que la ha vuelto a sujetar a la vida.

Abuela, ¡me cuesta tanto ver como te vas apagando lentamente!

Mi hermana y yo junto a la abuela Xusta
Por eso prefiero quedarme con las vivencias que hemos disfrutado juntas. Y te recuerdo declamando aquellos versos y cantigas de los que habla mamá. Por suerte, tu memoria portentosa nos permitió disfrutar de estos poemas, canciones y chanzas cuando atardecía en casa durante el verano. Y me aferro a tus muestras de cariño, a tu mano prendida a la mía cuando íbamos al mercado, mientras tratabas de aprovechar el poco tiempo que pasábamos contigo mi hermana y yo. Y sonrío rememorando las riñas que teníamos mientras escondías algún billete en mi bolsillo, antes de que regresásemos a Madrid. “Para que te compres algo que te recuerde a la abuela”, decías.

Y mi hermana y yo te hacíamos caso. Aún conservo medallitas y amuletos que me han acompañado a todos los exámenes que he hecho en mi vida. Un par de brujitas, de esas que coleccionaba cuando era una adolescente. Y una chaqueta que me encanta, aunque pasó de moda hace años…

Pese a que la ingrata y cruel enfermedad está cebándose con tu vitalidad, tu nervio y tu sonrisa, en mi mente sigo escuchando tus viejos romances, abuela, y siempre que oigo cantigas antiguas regreso a mi infancia para  tomarte la mano y dejarme mecer por tu voz. 

Te quiero, abuela.  

9 de febrero de 2011

Narcisa, bordando amor durante años

Acaba de cumplir 90 años y sigue estando estupenda. Con sus achaques, sus dolores y sus penas, pero con la memoria lúcida y los recuerdos vivos.

Mi abuela Narcisa nació con el arranque de 1921. Una década dura para la Galicia rural, donde la falta de expectativas abocaba a la emigración en el mejor de los casos. Dificultades que se tornaron abismos cuando, recién estrenada su adolescencia, la Guerra Civil golpeó a nuestro país.

De aquellos tiempos, poco habla mi abuela. No le gusta emponzoñarse con los malos tragos que pasó en la vida. Reconoce, eso sí, que sufrió penalidades, muchas. No había qué comer. La única forma de llevar algo a la mesa se encontraba en el sacrificio diario: labrar la tierra, cuidar el gando, intercambiar alimentos -si los había- y coser para los vecinos tratando de conseguir algunas monedas.

Mi abuela Narcisa
¡Qué manos las de mi abuela! Estupenda modista. Verla tomar la aguja se convierte en todo un ritual...Y cuando lo hace no puede evitar echar la vista atrás y contar las horas que pasó junto al candil bordando y cosiendo cuando era una niña junto a su hermana Filomena. Punto de cadeneta, punto de tallo, vainica... cosía de noche tras trabajar en el campo, porque su padre (mi bisabuelo) quiso darles un oficio para ganarse el sustento. De sus manos salió la ropa de muchos vecinos del pueblo e incluso, cuenta mi abuela, se encargaron de elaborar los vestidos y el bordado de los danzantes que en aquel tiempo rendían homenaje a la Virgen de la Franqueira. 

La costura ha estado siempre en su vida... comprando hilos mi abuelo comenzó a cortejarla, así que imaginaos cuanto debe agradecer a su pasión por la labor. Es maestra en este arte. Apenas hace unos años, la he visto confeccionar un disfraz para mi hija en apenas unas horas. Medir, cortar, coser...con maña y tiento. Daba gusto verla. Aún guardo el trajecito. También conservo, como oro en paño, un juego de sábanas que me bordó para el día de mi boda...

Abuela, ¡cuánto por aprender de tu experiencia! Incansable trabajadora dentro y fuera del hogar. Sacaste adelante a cinco hijos, mientras cuidabas de los mayores de la casa. Salías al campo recién amanecía y con la puesta del sol retomabas tu costura para vestir a los tuyos y a los que se terciaba.

Ahora, a tus 90 primaveras, sigues bordando pero cariño y afecto por los tuyos. Con arte, con mimo, con amor. Para mi siempre has sido un ejemplo de tesón y constancia. Orgullo de nieta, ya ves. Sé que esto no lo vas a leer nunca, no te imagino navegando en internet, la verdad. Pero aquí lo dejo, abuela, para que sepas que siempre me he sentido feliz  por venir de donde vengo.

26 de enero de 2011

Pepe do Barreiro, mi abuelo

Abuelo, hace ya mucho tiempo que te marchaste para siempre aunque, en realidad,  te habías ido mucho antes, cuando se nubló tu entendimiento y apenas eras una sombra del hombre al que aprendí a escuchar y respetar durante los veranos de mi infancia.

Mi abuelo, Pepe do Barreiro
De aquellos días recuerdo tu media sonrisa, tu sentido del humor y el tesón propio de los hombres de campo, trabajadores incansables. Por eso quiero rendirte este pequeño homenaje, para dejar constancia de mi agradecimiento por lo mucho que aprendí a tu lado y al de la abuela. 

Mis primeras imágenes de Taboexa las ubico alrededor de mis cinco años. Yo apenas entendía el gallego y tú te empeñabas en soltarme parrafadas, bien largas, de las que apenas comprendía la mitad. ¡Qué tiempos! Mi madre siempre cuenta que aquel verano estuviste un buen rato pidiéndome que te llevase unha zarapalleira y que yo daba vueltas por la cocina sin saber qué traerte, mientras que a mi lado había una pila de trapos... Ay... Supongo que entre aquellos discursos y el resto del ambiente, se me quedó la lengua que ahora comprendo sin problemas y hablo a trastabillas.

Era yo una cría cuando te ponías al frente de los mayores de la casa para salir a regar de madrugada, lloviese o no, con un foco para alumbrar el camino y las veigas...Y después, durante la mañana, te encargabas de xunguir os bois para ir con el carro a limpiar el monte de toxo, piñas y madera; o te encaminabas a las fincas a recoger el millo que previamente habíais segado; o comenzabas a cortar la leña para alimentar la cocina. Pocas veces estabas sentado ocioso. Siempre tenías algo entre las manos: afiabas a fouzaña, debullías o millo, mientras liabas con una sola mano el tabaco de tu eterno pitillo, que posteriormente se transformó en los cigarrillos "celtas" cuyo olor invadía toda a eira.

Ahora, cuando cierro los ojos, la memoria me devuelve imágenes de ti algo borrosas...como si el tiempo se empeñase en desdibujar tu figura. Sin embargo, conservo perfectamente almacenados pequeños retazos de tus charlas, a media tarde, mientras se escondía el sol. Y también se asoman a mis recuerdos tu planta de hombre apuesto, esbelto y gallardo, y tus brazos fibrosos, tatuados durante la guerra civil que se llevó por delante la  inocencia de toda una generación de jóvenes españoles. Pero lo que siempre tendré presente son las sensaciones que supiste transmitirme y el respeto por el campo. Impresiones que han marcado mi sensibilidad y mi amor por Taboexa.  

Pese al paso del tiempo, todavía me detengo a escuchar el  cántico del agua cayendo en el pilón de delante de casa, y cuando el cielo se torna anaranjado, momentos antes de la puesta de sol,  te recuerdo, abuelo, mirando hacia el infinito. Con tu chapeau bien calzado sobre la cabeza y el bastón, firme, entre las manos. Perdida tu vista en el coto de Santa Cristina mientras se ocultan los últimos rayos.

Dicen que sólo el olvido nos hace desaparecer definitivamente. La familia te sigue recordando, abuelo. Te llevamos en el corazón. 

10 de diciembre de 2009

Sin pretensiones

El miedo a olvidar ha sido el revulsivo que me ha puesto en marcha.
Llevo un tiempo dándole vueltas y al final me he decidido. Sin ningún objetivo, sin compromiso de publicación habitual. Sólo quiero estar porque hay que estar. Sólo busco un espacio para recoger impresiones, sentimientos, recuerdos...


Últimamente pienso mucho en Galicia. Bueno, más concretamente en la aldea de mis padres. No quiero que se pierdan los detalles que aún mantengo en la retina sobre mi infancia allí, y deseo apuntar aquí las voces de mis abuelos y del resto de los míos para mostrar la imagen que tengo de aquella tierra. Quizá irreal, seguro inventada y matizada por mil ensoñaciones. Una visión nublada, mezclada con las vivencias que me han contado otros y con los romances y canciones del folclore que me acompañan cada día en mi mp3.

Y aquí estoy, pues. Sin ninguna pretensión.